Dime de quién aprendes y te diré quién eres

“Esto es el aprendizaje. Usted entiende algo de repente

y entiende toda su vida pero de una forma nueva.”

Doris Lessing

…El abuelo se levantó y le siguieron un niño y una niña de la tribu. Sabían que les contaría algo tarde o temprano. El abuelo se quedó quieto mirando a la luna, mientras el niño y la niña a su lado le miraban a él. Él no esperaba más de la luna que disfrutar de ella… quizás a ellos les pasaba lo mismo. Sin mirarles, el abuelo comenzó a hablar de una batalla que estaba sufriendo en su interior. Les contó que sentía la lucha entre dos lobos. Uno era el lobo del resentimiento, de la maldad y de la mentira, del egoísmo y de la avaricia, del rencor y de la ira… El otro era el lobo de la paz, del amor y de alegría, de la humildad y de la sinceridad, de la esperanza… “Pero eso no es todo”, les dijo. Les acercó su mirada, para que entendieran lo que les decía y continuó: “Esa batalla que sufro yo, también la sufrís vosotros sin saberlo y también la sufren todos los seres de esta tierra”. El niño tragó saliva. La niña le agarró de la mano. Hubo varios segundos de silencio a la luz de aquella luna de agosto y al final le preguntaron: “Abuelo, ¿y  cuál de los lobos crees que ganará?”… El abuelo dibujó su sonrisa de siempre y simplemente les respondió: “el que alimenteis”…

Por alguna razón me he acordado estos días de aquel viejo cuento de la India. Quizás por haber vuelto a pensar en mí, a pensar en lo que hago, en cómo vivo y en cómo dejo vivir que también es importante. Quizás nunca sepa por qué suceden las cosas. Quizás. Quizás pensar en mí es como escribir mi propio cuento. Un cuento lleno de gente. Un cuento lleno de emociones. Un cuento lleno de laberintos con entradas y salidas. Un cuento lleno de tantas cosas y un cuento para contar con una gran sonrisa.

Y en ese cuento hay muchas personas que sin ellas no tendría sentido nada de lo que he vivido. Pero volviendo al cuento de la India y sea cierto o no que crezcan lobos en nuestro interior, sí he descubierto momentos en los que he tenido que elegir entre alimentar un lobo o el otro. Durante mucho tiempo creí que ser profesor era sinónimo de burlarse de sus alumnos, de poner notas y jugar con la gente, de cobrar un sueldo a fin de mes y esperar que nadie te moleste. Durante mucho tiempo odié a los profesores. Durante mucho tiempo pensé que ser profesor era sentirse superior a los demás, dar consejos y lecciones como si ser profesor fuera ser considerado un maestro. Durante mucho tiempo, taché la palabra profesor.

Pero un día… Sin saber cómo ni porqué, la palabra profesor adquirió un nuevo significado. Liberé la palabra de todas las ataduras que le había puesto yo con la ayuda de muchos profesores en mi vida… Ataduras que había puesto pensando como el primer lobo… Entonces, dejé que el segundo lobo me definiera la palabra profesor y ahí aparecieron mis maestros… Aprendí de Pepe Núñez que había más gente con la que compartía mi idea de la formación, aprendí con Alejandra Sánchez que en formación también hay sueños, aprendí con Raimundo Viejo que pobre del alumno que no supere a su profesor, aprendí con Miguel Anxo Bastos que de todo se puede hablar, aprendí de Vilas Nogueira que la vida te enseña, aprendí de Ruiz Miguel que si explicas bien la gente te entiende, aprendí de Bea a vivir… aprendí de Marta Lois. Aprendí de muchos maestros, de muchos amigos y de muchos alumnos. Hoy sólo he hablado de algunos de los primeros, pero otro día hablaré de los segundos y también de los terceros.

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