En qué piensan los alumnos

“Una conversación es un diálogo, no un monólogo”

Truman Capote

Acabo de llegar de escuchar a un gran artista con mucho futuro: Antonio Jeston. Todavía no es muy conocido, pero seguro que lo será. Le deseo mucho mierda en su vida artística como se dice en el mundo del teatro, por amistad y porque se lo merece, tiene sueños y quiere conseguirlos, así que tiene todo mi respeto.

El caso es que me gustan los monólogos, la capacidad de enfrentarse de tú a tú al público. El minuto antes de salir a escena, asustado, sudando y quizás con ganas de ir al baño como nos pasaba en teatro a Mos, a Jordi y a mí… quizás tanto deseo de mucha mierda es lo que conllevaba, je, je…  Pero volvamos al tema: respiras, sales a escena, te acercas al micrófono, el foco calienta más de lo que quieres, tragas saliba y te lanzas… La gente se ríe, bien; continuas con el monólogo, se siguen riendo, va bien; consigues tensión, silencio, todos esperan algo nuevo y de repente, dices la frase que nadie se espera, carcajada general y tú con cara de “no es gracioso”, lo cual hace más gracia; sonríes un poco porque te gusta cómo está saliendo, hablas, llevas al público a donde quieres, haces una pausa… y otro momento de grandes risas. De repente una carcajada y a alguien que le da un ataque de risa, sonríes desde el micrófono, le diriges la mirada y todo el mundo se fija en esa persona; ella no puede parar de reírse y ahora se suman otros… No es sólo un monólogo, es un diálogo entre el actor y el público. Quizás sólo el actor habla, pero el público también comunica. Hay risas, formas de asentir, expectativas, incluso lágrimas de alegría o caras de susto por las licencias que se toma el actor desde el escenario. El caso es que hay comunicación, hay una experiencia compartida. Hay emociones.

En cursos de formación, seminarios, charlas, aulas universitarias, etc. he tenido la mala suerte de haber oído muchos monólogos, pero pocas conversaciones. Pocas experiencias compartidas. ¿Por qué? Porque quien hablaba no escuchaba, no estaba atento a las respuestas de los que estábamos sentados. En realidad no puedo llamarlos monólogos, porque creo que el monólogo se define por una conversación en la que una parte adquiere la responsabilidad y otra prefiere dejarse llevar, pero requiere de comunicación, de experiencia compartida. ¿Cómo llamarlo entonces? Soliloquio, supongo, aunque prefiero llamarlo “espejoloquio”. Cuando uno habla ante un espejo, habla y se escucha, se gusta y sale del cuarto de baño. Así he conocido muchas sesiones. Pero no creo que se trate de eso en formación. Podemos hablar, ser expositivos,  utilizar las palabras durante horas, pero tenemos que comunicar y hacer partícipes de la comunicación a quienes nos escuchan. No estamos solos o solas delante de un espejo.

En muchas ocasiones me pregunto en qué piensan mis alumnos y mis alumnas. Suele pasarme cada cinco o seis segundos. Es algo que no me quito de la cabeza. ¿Por qué? Porque procuro estar pendiente de todos y de todas. De intentar saber si están aprendiendo, si se están divirtiendo, si tienen curiosidades, si quieren ir más allá o si necesitan descansar y tomar un café. No dejo que el tiempo transforme la sesión en un “espejoloquio”, no estoy para hablarme a mí mismo, que lo hago a menudo.cuando no estoy dando clases. Estoy para crear un espacio de comunicación y eso pasa por atender a quienes tengo delante. Ver, observar, atender, pensar como ellos, ponerme en su silla y sentir lo que están sintiendo. Le llamamos empatía y a veces nos vale con decir que es ponerse en los zapatos del otro, pero hay que aplicarlo. La empatía también es como ese actor en su monólogo: estar atento a ese público que está ahí. Saber reír con él, hacer una pausa, sacarse un truco de la manga para impresionarlo, preguntarle, divertirle, hacerle partícipe de la sesión. Eso es empatía, leer las emociones. Si me pregunto lo que piensan mis alumnos y me respondo que cualquier cosa, menos de lo que estamos hablando, algo estaré haciendo mal. No son ellos los que no me escuchan, sino yo, el que no les escucho.

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