Qué bien te explicas y qué mal te entiendo

“Si viéramos realmente el Universo, tal vez lo entenderíamos.”

JORGE LUIS BORGES

La conferencia me gustó. Hablaba de Cicerón y el arte de la oratoria. Ese momento de la historia que representa el enfrentamiento entre el defensor de la republica romana y el nuevo imperio de Julio César. La verdad es que fue muy buena conferencia. Ella hablaba bien, marcaba los ritmos, jugaba con las palabras… Supongo que había leído mucho a Ciceron, claro. Yo aplaudí. La verdad es que aplaudimos todos. Recogí la bufanda y el abrigo y entonces escuché la frase: “qué bien te explicas y qué mal te entiendo”.

Me quedé mirando a una señora de unos 60 años que la acababa de pronunciar. Me miró y me dijo: “no se puede saber de todo, ¿no?” Sonreímos los dos. Ella se fue por su lado y yo por el mío, pero la frase se quedó en mi cabeza. “Qué bien te explicas y qué mal te entiendo”. Perfección en la técnica, fallo en la estrategia. Me di cuenta de lo mucho que se repite esta frase o alguna parecida. Como formadores y formadoras intentamos perfeccionar nuestras técnicas, mejoramos nuestra habilidad de comunicación, buscamos herramientas que nos sirvan de ayuda, usamos imágenes, vídeos, música… pero de verdad nos hemos parado a pensar por qué lo hacemos. Quiero decir. Sé que es importante dominar ciertas habilidades para exponer un tema, para dinamizar un grupo, para conseguir un descubrimiento… Sin embargo, muchas veces nos centramos en aprender técnicas y nos olvidamos del paso previo: la estrategia. ¿Para qué aprender técnicas? Decir “qué bien te explicas” es como decir “qué bien dominas la técnica de la oratoria”; pero decir “qué mal te entiendo” es como decir “pero no sirve de nada”. Te llevas el aplauso porque lo haces bien, pero se queda sólo en un aplauso porque yo me voy sin nada.

Creo que las habilidades docentes no son sólo las habilidades que tiene que desarrollar un docente, sino el recurso de los docentes para desarrollar una estrategia de aprendizaje. Es decir. “Qué mal te explicas y qué bien te entiendo”. Eso es lo que tenemos que conseguir: que se nos entienda. Primero es pensar en “cómo dar a entender”; luego, en perfeccionar ese “cómo”. Primero es pensar en facilitar el aprendizaje, abrir la puerta, hacerlo fácil, hacerlo visible… Luego, entraremos en la fase de mejorar nuestra habilidad para facilitar el aprendizaje.

Si me explico bien y me entienden mal, podré ser un gran orador; pero si me explico mal y me entienden bien, podré ser un gran formador. Cicerón sabía mucho de oratoria, pero perdió su batalla contra César.  Los formadores y las formadoras podremos ser más o menos oradores, pero no podemos perder la batalla de la formación. No se trata de explicar bien, sino de hacer entender bien.

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