¿Las formas importan o a la mierda con las formas?

“No hace falta que me digas lo bueno que está el jodido café, lo compro yo.

Cuando Bonnie va a la compra, compra caca;

yo compro este líquido de gourmet para que al beberlo sepa a algo.”

QUENTIN TARANTINO, Pulp Fiction

Llega cansada a la cena. Con ojeras. Se sienta delante de mí. Me mira y se pone a reír. Le pregunto qué le pasa y me dice que ya no hay educación. Le pregunto con cuidado si tiene a bien decirme lo que preocupa a su mente y la tiene tan ocupada. Ella se vuelve a reír y dice que la falta de educación no iba por mí, sino por algunas personas de su último curso.

Llega el camarero y pedimos algo para compartir. Con educación, claro. Luego ella empieza a contar su historia. Resulta que alguien de la primera fila le decía continuamente “que todo se la pelaba” y a ella no le gustaba la expresión, incluso le decía que hicera el favor de decir “disculpa, pero no tengo mucho interés en el tema” o “la verdad, es que no me preocupa demasiado lo que me estás diciendo”, pero no hubo forma. Dos filas más atrás se sentaba una chica que cuando algo le gustaba, soltaba en alto: “¡Joder, cómo mola!”. A mi amiga tampoco le gustaba escuchar aquel “¡joder!” doce veces por sesión y le decía que dijese “bien” o “fantástico” o “qué maravilla”, pero tampoco hubo forma. Incluso cuando les pedía que hablaran de sus experiencias en el mundo laboral, el vocabulario no era el que ella se esperaba. Varios componentes del grupo estaban de acuerdo en decir que sus anteriores jefes eran unos “gilipollas incompetentes” y ella intentaba que dijeran “que sus jefes no sabían resolver los problemas correctamente”, pero una vez más, tampoco hubo forma. En esto que el camarero nos empezó a traer lo que habíamos pedido. Gracias le dijimos. “Se están perdiendo las formas”, continúo mi amiga. “Le hemos dicho gracias”, continué yo. Ella sonrió.

La expresión de su cara era interesante. Estaba hablando conmigo, pero su mente estaba imaginando todas las escenas que me contaba y se enfadaba como si lo volviera a estar viviendo; tanto que la mesa de al lado debía creer que me estaba echando una bronca, o quizás debería decir una reprensión áspera (séptima entrada del diccionario de la Real Academia). Ella seguía con su tema: que si le decían que en su trabajo les mandaban hacer “cualquier mierda” en lugar de “cualquier trabajo”, que cuando algo salía mal les “decían cuatro tonterías” en lugar de “criticarles”… En fin, la cena transcurrió entre un camarero que nos servía, un gracias que siempre le decíamos y un sinfín de situaciones que me comentaba mi amiga.

No puedo mentir. Mientras ella hablaba, yo me imaginaba la misma cena, pero entre mi amiga y Tarantino. El director de cine dirigiendo un diálogo que sería algo así como: “Joder, mis jefes eran unos estúpidos incompetentes y me decían cuatro tonterías por una mierda… ¿y qué cojones tenía yo que ver con ella? ¡Que se jodan y que lo hiciera su puta madre! ¡Menuda puta mierda! ¡Valiente grupo de gilipollas!”; y luego mi amiga pasando el filtro de las formas. “¡Vaya! Mis jefes no sabían resolver los problemas correctamente y me criticaban por un proyecto en el que yo no estaba involucrada. Ahora tenemos un problema y va a ser difícil sacar el proyecto adelante”. Cenamos, pagamos, nos despedimos con una sonrisa del camarero y antes de irnos, éste nos dijo: “Bueno, no todo el mundo ha perdido las formas, todavía”. Nos miramos, nos reímos y luego seguimos en nuestro mundo de las formas.

Hay gente que cuida las formas y gente que no. Hay gente que le da importancia y gente que no. Y hay situaciones que para alguna gente requieren determinadas formas y otra gente que piensa que no. Esa es la situación. Somos personas distintas con concepciones distintas viviendo en el mismo mundo. Diversidad, pluralidad, éticas, valores… Pero lo que nos une es que somos responsables de lo que decimos. Responsables. Si no cuidamos las formas ante gente que sí le da importancia, el problema está servido. Nos corresponde decidir por nosotros mismos y mismas las palabras que decimos, pero sabiendo que somos esclavos de ellas y de sus consecuencias. Podemos opinar que las formas no son importantes y dar sólo importancia al contenido, pero si no cuidamos las formas ante alguien que sí le da impotancia, es decir, si mandamos las formas a la mierda, a lo mejor nos manda con ellas. La decisión es nuestra.

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