Formador no hay formación, se hace formación al andar… O el cuento de la lechera

“Caminante, no hay camino, se hace camino al andar.”

Antonio Machado

Ella se llamaba Enriqueta. Igual la conoces porque desde los tiempos de Esopo siempre la dibujan con un cántaro de leche sobre su cabeza (en un equilibrio no muy estable). Pues Enriqueta iba al mercado con su cántaro de leche y soñaba en voz alta porque es muy bonito soñar. Hacía sus planes de futuro… “venderé la leche en el mercado y compraré una vaca, sí una vaca… Así con dos vacas, tendré más leche, venderé más leche y ganaré más dinero… Y con más dinero podré comprar otra vaca y tener tres vacas… Con tres vacas, tendré más leche, más dinero…” Creo que llegó a soñar en tener veinticuatro vacas y luego siguió con otros sueños… “Y también puedo comprar una gallina que me de pollitos… y ya cuando gane mucho dinero, me compraré un vestido precioso para las fiestas del pueblo y el hijo del molinero se fijará en mí, pero no le diré que sí de buenas a primeras. Esperaré que me lo pida varias veces. Así con una sonrisa, la primera vez que me lo pida, le diré no, no y no”… Y como al decirlo, se puso a hacer el gesto con la cabeza, el cántaro de leche se cayó, la tierra se tiñó de blanco y sus sueños acabaron por los suelos.

Éste era el cuento que yo conocía y que mucho se parece a las programaciones de formación. Objetivos, competencias, métodos, indicadores, recursos… Antes de llegar al mercado y vender la leche, ya le hemos dado mil vueltas a lo que vamos a conseguir. Llegamos a un centro, a un aula y se produce la caída. O hay más gente de la que esperamos, o menos, o no funciona el ordenador, o no hay Internet, o no hay ganas de aprender, o mil cosas que pasan en formación. Y claro, nuestras programaciones acaban por los suelos.

Pero resulta que hay otro cuento de la lechera que empieza igual y termina distinto. Enriqueta iba contando vacas y se dijo: “Un momento, lo primero es llegar al mercado”. Y gracias a tomarse ese momento, puso atención en el camino para llegar al mercado y no se le cayó el cántaro de leche. Llegó al mercado, y aunque no tenía conocimientos de marketing ni de inteligencia comercial, ni había estudiado las fluctuaciones del mercado, de oferta y demanda, de precios comparados de bienes sustitutivos, ni sabía cómo había cerrado la bolsa en Nueva York, decidió ser ella misma y ya que le gustaba soñar, disparó el precio de su leche: un litro, cien euros.

Evidentemente nadie le compraba la leche porque los demás la vendían más barata, pero alguien empezó a decir que si la vendía a ese precio, por algo sería. La leche no podía valer tanto, pero ¿qué tendría esa leche? Como el precio era muy alto, Enriqueta dejó que la gente pudiera llevarse una vaso de leche y pagar menos… Y así la gente fue comprando vasos de aquella leche que valía más y empezó a decirse todo lo buena que era la leche de Enriqueta… y por supuesto, se enteró el hijo del molinero… Pero esa es otra historia.

El caso es que hay que evitar las programaciones de la lechera y pensar que una programación sólo es una herramienta, una ayuda. Que lo verdaderamente importante es lo que hagamos con ella y que cuando la pongamos en marcha, seamos originales, auténticos, cada uno/a a su manera, como Enriqueta, aportando nuestro valor, siendo “la leche”… porque será por eso por lo que se valore nuestro trabajo, no por haber llegado a contar veinticuatro vacas.

Anuncios