Autopista hacia el cielo… y otros fallos en la formación

“El único hombre que no se equivoca es el que nunca hace nada”.

Johann Wolfgang Goethe

Fue un buen día. Quedamos para dar un paseo como en los viejos tiempos y empezó a llover. Como no teníamos paraguas, nos quedamos en la entrada del teatro Colón para no mojarnos. Pasaron dos señoras mayores y vieron la cartelera. “¡Cuántas cosas!” dijeron. “Oye, van a traer Caperucita” dijo una de ellas. “Pero es para niños” le contestó su amiga. “Bueno, pues malo será que no la entendamos”… La verdad es que sonreí, ellas me miraron y también sonrieron.

Así empezamos mi amiga y yo a hablar de Caperucita y otros cuentos. Recordando mis primeras adaptaciones al teatro de “la Cenicienta” o “Caperucita Roja y los 3 cerditos, cuentos reunidos”… Y hablamos de aquellos maravillosos libros de “Un cuento para cada día”. ¿A qué viene esto? A que recordé un cuento que hablaba de un avión que tenía miedo a volar. No recuerdo el nombre de los protagonistas, pero en resumen decía que había un pequeño avión que todavía no había volado. Entonces, uno de los aviadores más expertos se acercó a él y le preguntó si quería que lo pilotase. El pequeño avión le dijo que no y él se extrañó porque nunca un avión se había negado a que lo pilotase. En ese momento, el aviador le preguntó el porqué y el avión se puso rojo como un tomate (es lo que tienen los cuentos, claro). Aquel pequeño avión tenía miedo a volar. No es que no quisiera al piloto, es que algo le obstaculizaba. El piloto sonrió y le dijo: “Confío en ti, tú confía en mí y volaremos durante muchos años”. Así fue como el avión escuchó que confiaban en él y empezó a confiar en los demás. Y con tanta confianza despegaron que siguieron volando juntos años y años. No recuerdo si luego comían perdices, pero en un cuento un avión puede comerlas, claro que sí.

El caso es que puse a pensar en lo bonito del cuento, en la confianza, en la motivación, en el aprendizaje… y vi cómo muchas de las cosas que aprendemos los/as formadores/as estaban en ese cuento… Pero ¿a dónde volamos? ¿a dónde nos dirigimos?… Enseñamos y aprendemos a volar, no dejamos que nuestros alumnos/as se estrellen, pero ¿cuál es el destino de su viaje? ¿Sabemos a qué aeropuerto se dirigen? ¿Conocemos las rutas que quieren volar?… Vaya, muchas veces, no… Nuestro objetivo es que vuelen, pero es un error… Nuestro resultado debería ser que vuelan hacia algún lugar… No debemos pensar en objetivos, sino en resultados. Muchas veces desde la formación construimos autopistas hacia el cielo… pero ¿Y qué hay de la tierra?… No se trata de saber escribir objetivos en infinitivo, se trata de saber obtener resultados a través del aprendizaje. El punto de partida para planificar no es el objetivo, es el resultado. No lo que se va a aprender, sino lo que se habrá aprendido… Cuántas veces he partido de objetivos y ahora me doy cuenta de que estaba equivocado. A partir de ahora, partiré de resultados. Así que querido avión por qué no quieres volar y hacia dónde quieres que volemos. ¡Buen viaje!

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