Dame un motivo y moveré el mundo

“Todos tenemos límites y el que no los tenga que los busque…y si no los encuentra, que siga buscando”. (Iago Santalla)

“Puedes hacerlo” o “tienes que hacerlo” o “sabes que quieres hacerlo” o “sabes hacerlo” o “ea, ea, ea” o “tú puedes” o “tú sí que vales”… o miles y miles de formas de motivar. El maravilloso mundo de la motivación estaba a punto de acabarse. Llegaba su fin. Habían sido muchos años creyendo en la capacidad de motivar y llegaba el momento de decirle adiós. No me lo podía creer. Yo que tanto había hablado de motivación y me creía que sabía motivar… Yo que tenía un castillo bien construido con foso y grandes murallas sobre la motivación. Yo que creía que nadie lo derribaría… pero sí. Se acabó la motivación. Fin. No sé motivar, no puedo motivar, no quiero motivar…

Fue duro asumirlo, pero para aprender hay que desaprender y cuanto más seguro estás de algo, más dura es la caída. Me caí… pero no me hice daño. Me alegré de caerme, de reírme de mí mismo, de llorar de la risa, de darme cuenta de lo equivocado que estaba. Quizás sea mi lado positivo el que me permite caerme y reírme de mí mismo, ¡qué gran salvavidas!

“¡Mario, deja de motivar que es imposible!” Aquella frase sonó con fuerza en mi cabeza. Si es imposible, tengo la excusa perfecta para intentarlo… Pero luego vino lo mejor. “¡Mario deja de intentarlo que pierdes el tiempo!”… Me encanta perder el tiempo defendiendo mis principios… “¡Pero qué principios ni qué leches, Mario!”… Los míos… “¡Por fin lo entiendes!” sonrió y se puso a reír a carcajadas… Mi cara parecía la de Groucho Marx cuando se despertó una mañana y se encontró un elefante en pijama y se preguntaba cómo se habría puesto el pijama el elefante… luego entendí lo que estaba aprendiendo y me reí tanto como él.

El final de la motivación. Se acabó. Punto. Desde ese momento, dejé de motivar y dejé que cada persona encontrase sus motivos… “Pero, ¿qué motivos ni qué leches”… Los suyos. Cada persona puede elegir sus motivos. Cada persona conoce los suyos, e incluso, a veces ni siquiera los conoce. Me di cuenta de que la motivación es poner en acción nuestros motivos y que ese trabajo nos corresponde a cada persona y nadie lo puede hacer por nosotros ni por nosotras. ¿Qué pueden hacer los demás? Nos pueden ayudar a encontrarlos, animarnos, promover que cambiemos nuestro ánimo (animus en latín) o nuestra forma de ser (alma, anima), estimularnos, hacernos cosquillas, provocarnos, ser curiosos, sorprendernos… ¿Para qué?… Para que pongamos en acción nuestros motivos, para que decidamos cuáles son nuestros motivos, para motivarnos nosotros a nosotros mismos y nosotras a nosotras mismas. La motivación depende de cada persona, la animación para motivarnos puede venir de fuera, pero la motivación siempre viene de dentro.

Adiós motivación, bienvenida animación… “Puedes hacerlo” o “tienes que hacerlo” o “sabes que quieres hacerlo” o “sabes hacerlo” o “ea, ea, ea” o “tú puedes” o “tú sí que vales”… o miles y miles de formas de animar para que te motives. ¡Anímate!


 

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