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“Sobre gustos no hay nada escrito”

Fue un bonito paseo nocturno. Un parque en medio de la ciudad. La noche. Las estrellas. El frío. La bufanda. Paseamos por todo el parque y nos sentamos en los columpios. Los recuerdos de nuestra niñez pronto salieron a la luz y nos acordamos de cuando éramos pequeños y jugábamos en el patio del edificio. Cuando el portal de un garaje se convertía en una portería de fútbol. Cuando empezamos a tunear las peonzas. Cuando éramos alegres.

Le pregunté por su vida como enfermera y estaba muy contenta. Quizás no le gustaba lo de los turnos, pero por el resto estaba bien. Me preguntó por mi vida como formador porque siempre dije que jamás sería formador. Le dije que bien y ella preguntó que por qué. No sé si quería saberlo o hablar, pero se lo conté.

Ser formador me permite seguir siendo alegre, reír, sonreír, jugar. Esa es la clave. Puedo seguir siendo creativo en todas las formaciones. Tunear mis sesiones, mis ejercicios. Y no sólo juego yo, sino que hago jugar a los demás. Quienes participan también juegan, se divierten, lo disfrutan. Tunean sus propias peonzas que son ahora los conocimientos. Yo lo paso bien y se lo hago pasar bien a los demás. Y no sólo eso. Ser formador me obliga a estar presente en el presente, a no fallar a mis alumnos y alumnas. A no olvidarme de ellos y de ellas, de lo que dicen, hacen y preguntan a cada momento. No puedo estar en el pasado, ni en el futuro, tengo que estar en el presente, en su presente, en su momento de aprendizaje y eso es un premio que sólo ven los formadores y las formadoras. Las inquietudes, las ganas de aprender, el avance, la superación… Y un último detalle muy importante. Ser formador me ha enseñado a darme forma a mí mismo, a saber que me puedo formar y decidir como soy. Lo que me lleva a la actitud. A decidir mi actitud todos los días. Si quiero ser alegre, decido estar alegre. He aprendido que se puede decidir la actitud, que es cuestión de elegir cómo quieres ser el resto del día y el resto de tu vida. Así que juego, se lo hago pasar bien a los demás, vivo el presente y decido cómo soy. Me gusta ser formador.

Quizás la noche ayuda a decir lo que sentimos, por eso cada noche es bueno pensar sobre los sentimientos. Y si es en un parque bajo las estrellas, sentado en un columpio como cuando éramos niños, nos damos cuenta de si tiene sentido o no lo que hacemos y sobre todo, llegar a decir que lo que hago, me gusta.

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