¿Qué hace un formador como tú en un lugar como éste?

“Aprender es como remar contra corriente: en cuanto se deja, se retrocede.”

EDWARD BENJAMIN BRITTEN

Que sí, que no, que sí, que no… Vaya conversación de besugos que acabamos de tener. Desde luego, yo tenía razón, pero según él, estaba claro que la razón era la suya. Lo que tengo claro es que los dos teníamos razón y ninguno quería ceder la suya, es decir, que no queríamos entendernos y los dos lo conseguimos. No sé si alegrarme por los dos.

Yo le decía que era importante pensar en las emociones de los alumnos y de las alumnas y él me decía que eso eran paparruchas y modas. Yo le decía que me gustaba transmitirles curiosidad y él me decía que la letra con sangre entra. Yo le hablaba de mi experiencia y él me hablaba de todos los años que llevaba dando clases. Yo le decía que no se puede aprender lo que no se quiere aprender y él me respondía que no estaba enamorado de la tabla de multiplicar ni de los ríos, pero los aprendió. Le pregunté qué sabía de la historia y me dijo que era un rollo de nombres visigodos. Le pregunté por qué y resultó que su profesor en la infancia le enseñó a repetir una y otra vez la tabla de los emperadores romanos, de los reyes visigodos, etc. y no se lo hacía interesante. Sin embargo, el profesor de matemáticas le enseñaba tablas y se lo hacía interesante. Le intenté demostrar que cuando un profesor hace que un contenido sea interesante, lo podemos aprender. Él me dijo que eran más paparruchas y que no le iba a enseñar a estas alturas de su vida lo que era enseñar. Y yo le dije que no estaba hablando de enseñar, que estaba hablando de aprender. Es lo mismo, me dijo. Ese es el problema que todo te da lo mismo, le dije. Me miró desencajado. Vamos, José, los alumnos/as son personas y las personas tenemos emociones, no son paparruchas. Sí lo son, pequeño. Son paparruchas que os estáis inventando los jovencitos, pero ya lo intentaron otros y todos se equivocaron. Tú dedícate a enseñar que mejor te irá. ¿Y a ellos? Le pregunté. ¿A quiénes? Me preguntó. A los alumnos y a las alumnas. A mí me irá muy bien enseñando, pero me importa cómo les irá a ellos y a ellas. Ese es el problema, que no crees que se pueda enseñar. Enseñar sí, pero enseñar es mostrar, lo importante es aprender… La conversación siguió un tiempo. Mario, no me des lecciones. José, gracias por la tuya. ¿Por qué dices eso, Mario? Porque si no quieres aprender, es imposible que aprendas algo de mí y eso es una emoción o una paparrucha; en cambio, yo sí estoy aprendiendo mucho de ti. Lo dicho, un diálogo de besugos… ¿o no?

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