El efecto Sisí

“El optimista tiene siempre un proyecto; el pesimista, una excusa”

ANÓNIMO

La escena era muy graciosa. Una pareja que llevaba diez años conviviendo y la rutina se había apoderado de ellos. Estaba siendo una buena comedia de teatro y entonces llegó la frase: “Si yo tuviera una escoba, cuántas cosas barrería. El caso es que como no la tengo, no barro”. La obra mantuvo su nivel y acabamos aplaudiendo. Luego nos tomamos algo para comentar la obra y nos fuimos a casa.

Mientras caminaba, le daba vueltas a aquella frase: “Si yo tuviera una escoba, cuántas cosas barrería. El caso es que como no la tengo, no barro”. Vamos, que unos por otros, la casa sin barrer. Pensé cuántas veces se da esa situación en la que gracias a un “si”, tenemos la excusa perfecta para no barrer… Si yo tuviera un millón de euros en la cuenta… Si yo fuera el director de Zara… Si yo tuviera diez años menos… Si saliera en los periódicos… Si tuviera novia… Si hubiera dirigido La Guerra de las Galaxias… Si hubiera aprendido a tocar el piano… Si, si, si… Pero el mundo del “si” no existe. Es un mundo de excusas.

En formación no cabe tampoco vivir en el mundo del “si” y de las excusas. Si hubiera hecho, si hubiera dicho, si tuviera medios… ¿Qué hubiera pasado?… No lo sabemos. Sólo sabemos lo que se hizo, lo que se dijo y lo que se tuvo. Podemos cambiar el futuro y pensar lo que haremos, diremos o tendremos, pero no podemos cambiar el pasado. Y aun así, nos pasamos mucho más tiempo queriendo cambiar el pasado que el futuro. El efecto “si” es la excusa perfecta para no tomar decisiones, para no ser responsables de lo que hacemos y decimos. Deberíamos pensar de otra manera. Eliminar la condición de un “si” por la afirmación de un “sí”. Aceptar que lo que hacemos y decimos depende de nosotros y no de las circunstancias o de terceros. Barrer o no es una decisión mía, no de una escoba.

Mi profesora de historia me lo explicó hace muchos años. En la URSS de 1964, cuando Nikita Kruschev dimitió, le dio dos cartas a Breznev y le dijo que cuando estuviera en problemas leyera la primera y si seguía en problemas, leyera la segunda. Así que cuando Breznev estuvo en una situación difícil, siguiendo el consejo, leyó la primera: “Échame la culpa de todo”. Culpó a Kruschev y se salió con la suya. La segunda vez que estuvo en problemas, leyó la segunda carta: “Empieza a escribir dos cartas”. En ese momento se dio cuenta de que el responsable de sus decisiones era él y no podía echarle la culpa a los demás.

Lo dicho, barrer o no es una decisión mía, no de una escoba.

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